Conoce a José Antonio Labordeta

Conoce a José Antonio Labordeta

Las generaciones más jóvenes tal vez sólo hayan conocido a José Antonio Labordeta en su faceta política, la de aquel Diputado sin duda peculiar, que se salía de la norma, sin trajes de postín, sin “pelucos” imposibles y sin ese aura que rodea a los políticos profesionales que no se bajan del coche oficial desde que entran en política.

Efectivamente, José Antonio Labordeta contrastaba sobremanera en el Congreso de los Diputados, un personaje que, para los más jóvenes, no se entendía muy bien qué hacía ahí, un hombre tan sencillo en medio de tanta artificiosidad, en unos tiempos en los que la imagen resulta primordial en todos los órdenes de la vida y, cómo no, también en el político.

Ciertamente, para los tiempos que corren, José Antonio Labordeta era un hombre peculiar, pero no sólo en lo político, sino en todos los órdenes de la vida. Un hombre hecho a si mismo, sencillo, de la tierra y con los pies en la tierra; poeta, maestro y catedrático; músico, político y, sobre todo, persona, concepto que se echa de menos hoy, como un recuerdo de otros tiempos en los que la necesidad se hacía virtud y las gentes eran lo que aparentaban, tiempos sin compartimentos estancos en los que la mejor carta de presentación era un buen apretón de manos y en los que la palabra valía lo mismo o más que el papel en que se escribía. Eran otros tiempos y en ellos se amamantó y forjó este viajero de la vida que, por fin, encontró posada y fonda para descansar.

José Antonio Labordeta Subías cogió su mochila y se la echó a la espalda para iniciar su viaje por la vida un 10 de marzo de 1935 en Zaragoza, la ciudad que le vio nacer en el seno de la familia formada por Miguel Labordeta y Sara Subías. Un viaje que José Antonio Labordeta dedicó a vivir por y para la libertad, tanto colectiva como individual, tanto desde la cultura como desde la política, con sus poesías, con su prosa, con sus canciones y, por su puesto, con esa forma tan directa, tan llana, tan clara y tan sincera de decir las cosas que lo “políticamente correcto” hoy día asimila tan mal.

Un viaje en el que Labordeta tomó la vereda izquierda en unos años, los de la transición española, en los que prácticamente era obligado; así, participó en la creación del Partido Socialista de Aragón durante la transición, fue Senador por Izquierda Unida y, finalmente, Diputado por Chunta Aragonesista, a pesar de lo cual siempre concitó las simpatías de izquierda y derecha, precisamente por el carácter llano y sincero del que siempre hacía gala.

Pero siendo su trayectoria política abultada, Labordeta tenía una personalidad polifacética que se plasmó especialmente en el ámbito de la cultura, ya fuera en su vertiente poética, en su prosa o, cómo no, en la de cantautor, faceta esta última por la que siempre ha sido más conocido y la que, sin duda, le valió su fama durante la etapa de la transición a la democracia en los 70.

Efectivamente, fue su faceta como cantautor por la que, durante muchos años, fue conocido, con una canción que se convirtió en todo un himno: “Canto a la Libertad”; una canción que incluso algunos pretenden convertir en el himno de Aragón, por la fuerza y el simbolismo con que Labordeta la cantaba, por la intensidad con la que transmitía al auditorio el anhelo de libertad en unos años cargados de incertidumbre por el futuro.

Y es que, cuando Labordeta cantaba, lo hacía desde sus raíces, cantaba al pueblo y desde el pueblo, canciones que hablaban de su tierra, de sus gentes, de sus sueños y esperanzas, todo ello de una forma que pocos cantautores del momento podían transmitir, de ahí que, progresivamente, José Antonio Labordeta fuera convirtiéndose en un icono de la transición democrática, en un símbolo de la lucha por la libertad, cualquiera que fuera el color político.

Pero la figura de José Antonio Labordeta no se agotó en aquellos años de inquietud, ya que, con el pasar de los años, la edad fue dando sosiego y poso al revolucionario, quien supo cambiar con los tiempos y adaptarse a la realidad de cada momento, pero sin, por supuesto, renunciar a sus raíces, ejemplo de lo cual fue su participación en la serie documental de Televisión Española.

“Un país en la mochila” durante nada menos que siete años, durante los cuales, mochila en ristre, recorría cada rincón de la geografía española para mostrarnos la cultura y tradiciones de los pueblos de España en un periplo en el que su personaje mostraba su sencillez y cercanía de pueblo en pueblo, descubriéndonos los lugares más recónditos y las gentes más extraordinarias por sencillas del interior de nuestra “Piel de Toro”; un periplo en el que se nos mostraba un Labordeta tal y como era: sencillo, llano, sin dobleces, que gustaba de la compañía de ese mismo tipo de gentes, ya fuera un pastor, ya fuera una anciana que le relatara la Historia de un pueblecito que, por los avatares de la vida moderna, estaba condenado a morir lentamente.

José Antonio Labordeta era un hombre de raíces, de los que ya van quedando pocos, enamorado de su tierra y de sus gentes, sencillo, terco como maño que era, pero amable en esa misma terquedad. Labordeta tuvo una vida plena, porque fue una vida carente de lujos materiales, no exenta, en cambio, de los lujos espirituales que consisten en querer y ser querido por los suyos, que lo ven alejarse en su último viaje, con toda una vida en su mochila llena de recuerdos y de anhelos, cumplidos o no. Labordeta se nos fue, pero nos ha dejado su vida como ejemplo y recuerdo, una vida sencilla y llana, como no podía ser de otra forma y como, seguramente, él quisiera ser recordado.

Ripollés o la honradez del artista

Ripollés o la honradez del artista

Fuera de los grandes circuitos artísticos, de los grandes eventos escultóricos y pictóricos, de las grandes exposiciones mediáticas, existen numerosos creadores y artistas que, si bien son conocidos y reconocidos, prefieren permanecer al margen del gran foco mediático y de los grandes reconocimientos multitudinarios, no porque no lo merezcan, sino porque no lo quieren. Tal es el caso de Juan García Ripollés, también conocido como “Ripo”, “Beato Ripo” o, sencillamente, “Ripollés”.

Efectivamente, este tipo de artistas suele pasar desapercibido para el gran público, para los grandes medios de comunicación, recibiendo incluso el desprecio por ignorados de críticos y pares del mundillo del arte, éstos sí consagrados por obra y gracia de esos círculos cerrados y endogámicos del mundo del arte que sólo permiten el acceso a éste a quienes responden a determinado perfil y estilo, encumbrándolos hasta los cielos del arte a través de los grandes medios de comunicación de masas.

Así, se trata de artistas y creadores que, ocultos para el gran público, sin embargo trabajan en silencio para crear obras de una belleza y originalidad que sorprenden a quien por primera vez las descubren, abriendo al espectador un universo de creatividad ausente de artificialidad, una artificialidad que hoy día, muchas veces, coincide con lo que comúnmente se reconoce como “originalidad”.

Y es que podemos decir que existen dos clases de “originalidad”: la originalidad oficial y la que descubre uno mismo. La primera se correspondería con lo que los grandes circuitos del arte valoran, los que los grandes circuitos del arte pueden medir económicamente y que, por tanto, ofrecen en los mercados del arte al gran público con la complicidad publicitaria de los grandes medios de comunicación.

La segunda sería aquella que permanece oculta al gran público, alejada de los grandes circuitos del arte y que, por tanto, se descubre casi por casualidad, como un tesoro que deslumbra al observador que, como individuo, alejado de las grandes masas, lejos de los grandes museos de arte moderno, disfruta de un universo creador diferente, singular, único e inconfundible a modo de huella digital que identifica al artista, el cual se muestra pleno, en toda su expresión creadora, sincero, honrado consigo mismo y, por tanto, con quien descubre su obra.

A esto mismo se refiere Ripollés cuando afirma que la “originalidad” como se entiende hoy por la mayoría de quienes se mueven por los tabernáculos mayoritarios del arte no es una expresión de sinceridad, de honradez. Efectivamente, Ripollés considera que la “originalidad” nace de uno mismo, de la expresión sincera del artista, del universo interior de cada uno, sin adscribirse a corrientes artísticas que constriñen la creatividad y que modelan y limitan el ingenio del creador.

La “originalidad” bien entendida ha de nacer de la honradez del artista, expresión de sus sentimientos como creador, sentimientos que se mueven en un desorden de estilos, en un corolario de corrientes artísticas que, dando rienda suelta a las mismas, dan como resultado al verdadero arte, a la verdadera expresión del artista, una expresión sincera que se ve recompensada, no con la fama, sino con el cariño de quienes agradecen al artista así entendido el haberles descubierto el verdadero universo creador artístico.

Obviamente, no todos tienen la capacidad de crear desde el interior como lo hace Ripollés, ya que se necesita para ello una filosofía de vida, una limpieza de espíritu que muy pocos alcanzan; como Rilke dice, “la madurez es la plenitud de la infancia”, algo que Ripollés comparte completamente y predica día a día con su forma de ser y de crear, una filosofía que le permite conservar esa limpieza de espíritu y de alma que se refleja en su obra.

Efectivamente, Ripollés es limpio de espíritu, sencillo, cercano, directo, honrado en definitiva; Ripollés es un artista al que te puedes aproximar para hablar con él sobre cualquier tema, para pedirle un autógrafo, para hablar de arte, o, sencillamente, para hablar de la mejor forma de cultivar un huerto. Sí, de cultivar un huerto, ya que Ripollés es tan sencillo que vive alejado del mundanal ruido, en plena naturaleza, cuidando de su huerto y cultivando sus propias verduras, cuidando sus propios animales, un estilo de vida que nos muestra a un hombre con los pies en el suelo, cabal, que no entiende el arte como el estrambote constante y que reconoce la verdad esté donde esté, tenga la ideología que tenga y venga de quien venga.

Ni de derechas ni de izquierdas, Ripollés es un artista comprometido con el arte y con el Ser Humano exclusivamente, lo que le proporciona la libertad de la que otros muchos carecen, precisamente por ese compromiso. Lógico, honrado, cabal, Ripollés ha ido moldeando su personalidad desde que naciera en 1932 en Castellón, nacimiento que marcó la muerte de su madre a consecuencia del parto cuando su hermano gemelo intentaba seguirle a la llegada a este Mundo; ese momento, quizás marcó el resto de su vida y, por ende, de su forma de ser y de su arte, ya que Ripollés ha vivido en una búsqueda constante del cariño y del amor, algo que, como él afirma, es mucho mejor que cualquier medicina.

Ahí podemos encontrar la clave para entender su arte, la necesidad de expresar sus sentimientos a través de la creación artística, de una forma libre y honrada consigo mismo, sin ataduras formales ni de convenciones sociales, dando ello como resultado toda una vida de creatividad artística llena de luz, de color, variada en formas y estilos que no son más que la expresión de todo Ser Humano, rico en matices y detalles, sin absolutismos estilísticos ni formales que permiten a Ripollés crear lo que le plazca sin adscribirse a ninguna generación concreta, a ningún estilo ni a ninguna ideología.

A primera vista, Ripollés nos puede parecer un artista histriónico más, que más que a crear se dedica a dar la nota. Efectivamente, el peculiar atuendo que siempre lleva Ripollés, con su característico pañuelo en la cabeza anudado al más puro estilo agrícola, coronado por los dos cuernecitos que siempre lo acompañan, sazonado todo ello por la sempiterna ramita de romero entre los dientes que luce el artista, podría hacernos pensar lo indicado.

Sin embargo, cuando nos acercamos a la persona de Ripollés descubrimos que ese atuendo no es más que una manifestación de su espíritu libre, sin ataduras, expersión de un interior que se nos descubre inmediatamente mostrándonos a un hombre bueno, sencillo y cercano, una forma de ser muy alejada del “divo” que podríamos creer a primera vista, ya que cuando nos aproximamos a Ripollés descubrimos un fondo humano muy alejado del tópico, algo que, desde luego, se refleja en su obra, consecuencia de su trayectoria vital.

Ripollés, tras el trágico acontecimiento vital de la pérdida de su madre al nacer su hermano gemelo, vive su más tierna infancia en plena Guerra Civil y, después, en plena posguerra; “una vida de niño, sin tiempo de ser niño” en palabras del propio Ripollés. La miseria de la España de posquerra le obligará a trabajar muy pronto, a los 11 años, como aprendiz en una empresa de pintura industrial, experiencias que evocarán recuerdos al artista similares a las evocaciones que las “Pinturas Negras” de Goya transmiten, la primera huella que se imprimirá en el corazón del artista, una huella que, sin embargo, quedará atenuada por el amor de aquel niño por la naturaleza y su disfrute en soledad, válvula de escape colorista de una realidad gris y tenebrosa.

Y decimos soledad porque Ripollés ha ido modelando su expresividad artística desde el disfrute de la soledad, saboreando esos silencios que tanto se echan de menos hoy y que permiten al hombre reencontrarse consigo mismo, ser libre y formar su propia personalidad, una personalidad cuyo reflejo encaminó el joven Ripollés hacia la expresión artística, a través de pequeñas figuras de barro que él mismo modelaba en su preciosa y preciada soledad.

Ese interés por la expresión artística lo irá modelando Ripollés con la asistencia a clases nocturnas de dibujo en la “Escuela de Artes y Oficios Francisco Ribalta de Castellón”, expresión de sacrificio y compromiso por el arte que desarrollará en 1954 cuando decidirá dejarlo todo y viajar a París , la ciudad emblema de todo aquel que quisiera desarrollarse y crecer en el mundo artístico, ciudad en la que establecerá su residencia en 1963.

Y es que, como siempre ha ocurrido en nuestro país, los artistas auténticos, sinceros y comprometidos exclusivamente con el arte que nace de su interior carecen de reconocimiento alguno, ensombrecidos por los grandes nombres de artistas muchas veces mediocres que son encumbrados por sus adscripciones políticas más que por su creatividad artística, algo que ocurrió y sigue ocurriendo en el caso de Ripollés.

Efectivamente, Ripollés tendrá que salir fuera de España para perfeccionar su expresividad artística, para descubrir nuevos mundos que le permitieran expresar toda su creatividad interior, lo cual le permitirá ir haciéndose un nombre fuera de nuestro país, obteniendo progresivamente el reconocimiento artístico internacional que en España se le ha negado siempre.

A pesar de ello, y teniendo un nombre y prestigio internacionales envidiables, sobre todo en Francia y Estados Unidos, Ripollés siempre querrá volver a su España para establecerse en su tierra, para volver a sus raíces y, desde ahí, seguir creando, ya que Ripollés es un hombre de la tierra, pegado a las tradiciones y, sobre todo, a la cultura y la naturaleza mediterráneas. Así, Ripollés se establecerá en Sant Joan de Moró, en Castellón, en plena naturaleza, donde dará rienda suelta a su creatividad más honesta y sincera, como pocos son capaces de expresar.

Hoy día, Ripollés sigue siendo el gran desconocido por el gran público, arrinconado por los medios de comunicación y por los “grandes” del arte de nuestro país; tan sólo tiene el arropo de los suyos y de los valencianos, donde debemos incluir el reconocimiento por parte de las autoridades valencianas, algo que es digno de reconocer y agradecer por la apuesta de los gobernantes valencianos por un artista único que ya cuenta con el reconocimiento internacional pero que, sin embargo, en el resto de España se le niega por la “cultura oficial”.

Sin embargo, esa falta de reconocimiento en nuestro país (no así, como indicamos, en la Comunidad Valenciana, donde es toda una institución) no afecta a la creatividad de un artista que nos regala todo un imaginario de formas, colores e imágenes inspiradas en el Hombre y la naturaleza, irradiando la bondad y la honestidad de un artista único y genial.

Carrera musical de Skay Beilinson

Carrera musical de Skay Beilinson

1968-1977: Primeros años

Skay Beilinson comenzó a tocar la guitarra cuando tenía 12 años, su profesor era Leopoldo Ezcurra. En 1968, tocó con su hermano en Diplodocum Red & Brown, y luego en La Cofradia de la Flor Solar a principios de los 70, junto con Kubero Díaz.

Durante la década de los años setenta y principios de los ochenta, fue líder y guitarrista de la banda Taxi Rural y luego fue miembro de «La Galletita» con Edelmiro Molinari, con quien grabó un LP completo en 1982, a través de la etiqueta Microfon.

1978-2001: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

En 1978, con Carlos «Indio» Solari y Carmen «Poly» Castro formaron «Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota» que lo estableció como músico central del grupo. La banda logró estar entre los exponentes más importantes del rock argentino de los años 80 con Sumo, Virus, Soda Stereo, Charly García, entre otros.

En la década de 1990, Patricio Rey se convirtió en una de las bandas más famosas de Argentina. Se convirtió en el éxito principal de la banda con La Mosca y la Sopa, Lobo Suelto – Cordero Atado y Luzbelito. Además, la banda comenzó a viajar a los estadios de Tandil y Junín para tocar sus espectáculos, aumentando la audiencia.

En 1997, Skay, Poly e Indio eran los únicos miembros de la banda que habían estado en todas sus formaciones, y por lo tanto decidieron tomar más control sobre las decisiones futuras de la banda, hasta que Indio decidió dividir a Patricio Rey en 2001, por un tiempo debido a diferencias creativas con los músicos.

2002-presente: Grabaciones en solitario

Skay comenzó a tocar como artista a solas en 2002, y publicó su primer álbum a solas A través del Mar de los Sargazos. En 2004, publicó Talismán. Después de eso, publicó su tercer álbum La marca de Caín, con el nombre de «Skay y los Seguidores de la Diosa Kali». En 2010, publicaron su cuarto álbum ¿Dónde Vas ?.

En agosto de 2013, Skay junto a su banda llamada «Los Fakires» lanzaron La Luna Hueca, con Oscar Reyna como guitarra rítmica, Claudio Quartero en el bajo, Javier Lecumberry en los teclados y «Topo» Espíndola como baterista.

A finales de 2013, Beilinson rechazó una propuesta de su ex compañero de banda Indio Solari para reunirse con otros miembros de Los Redondos.